




Empieza la cuenta atrás para ese momento mágico en nuestras vidas en el que el Reloj Suelto marca la vida en Miróbriga. Esos cuatro días especiales en los que todo gira en torno al TORO (con mayúsculas). Difícil de entender para los que desde hace algún tiempo, y envueltos en una aureola de modernidad, intentan desprestigiar una tradición tan nuestra.
Este fin de semana el ruido incesante de los martillos ha sido la banda sonora que nos ha acompañado en nuestros paseos por el ágora mirobrigense, que más que un deambular tranquilo como el que en días normales realizamos, ha sido una “gymkhana”, dada la cantidad de obstáculos a superar. Pero nos gusta. Nos encanta tener que recorrer las aceras esquivando los tablones y las primeras “burras” colocadas. Salimos entre las incipientes burladeros en vez de hacerlo holgadamente por los huecos de las puertas… En fin: necesitamos tocar madera, sentir, recordar esos tiempos de juventud cuando, al salir de clase subíamos a sentarnos en los tablaos. Cuando no había ordenador ni redes sociales, ni siquiera dinero para entrar en los bares, los tablaos eran en los días previos al carnaval sitio de reunión y divertimento. Los mirobrigenses se reúnen en los huecos que quedan en la plaza –entre los que allí están trabajando– para comentar si van los operarios con más o menos retraso que años anteriores.
Parece que el tiempo no pasa pues las conversaciones son iguales a las mantenidas años atrás (como es igual la imagen de ir dando forma a ese singular coso taurino). Si miramos las fotos en blanco y negro de nuestras casas, apenas ha cambiado algo en este tiempo: los mismos andamiajes, los mismos tablaos e incluso las mismas caras construyéndolos, dándoles forma. Eso sí: algo más envejecidos todos, con las canas pintándoles los cabellos, pues aún no he visto a nadie con casco para construir su tablao.
Los turistas que estos días visitan la ciudad no pueden menos que sorprenderse al ver la singular construcción y ante los comentarios de la guía que les refiere cómo en esas tablas (según ellos tan inseguras) brincan y bailan un montón de almas al compás de las charangas (cosa difícil, al parecer, este año, dado que el Ayuntamiento, con la excusa de la crisis, ha pecado de tacaño). Aunque yo misma no dejo de sorprenderme cómo pueden resistir ese ritmo nuestros queridos tablaos.
Con estas imágenes que, para la ocasión “coloreo” en blanco y negro, me despido deseándoos a propios y extraños un Feliz Carnaval… Que después ya tenemos la Cuaresma para criticar.










































